Estudios Evangélicos

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Todos cambiamos. Una reflexión personal a cuarenta años del golpe

 

Por esas cosas de la vida, en este cuadragésimo aniversario del 11 de septiembre terminé tomando un café con Francisco Vidal, el otrora ministro de Lagos y Bachelet. Supongo que pocos lo describirían como un hombre afable. Si uno se encuentra a alguna distancia de la izquierda, tenderá a considerar que hay pocos energúmenos tan odiosos como Vidal. “Hoy estamos más lejos de la reconciliación que diez años atrás”, fue lo primero que dijo. Muchos pueden sentirse tentados a responder que eso es así, pero precisamente a causa de gente que como él polariza la discusión política. Pero escuchándolo con su estilo frontal en un foro del día 11, y hablando más tarde con él en torno a un café, pude percibir que, si estoy necesitado de reconciliación política, ésta me me resulta mucho más fácil con personajes como él que con quienes a la ligera nos piden, como si el pasado fuese mero pasado, terminar de mirarlo y concentrarnos en el futuro. No puedo sino creer que también él salió de nuestra universidad ese día con una impresión modificada, al menos con una vaga impresión de que tampoco nosotros éramos unos completos energúmenos. En eso tienen razón quienes nos llaman a mirar el futuro: salvo algunos petrificados, todos seguimos cambiando.

 

¿Pero qué tan cierto es lo que nos decía sobre la lejanía de la reconciliación? Ciertamente en nuestra vida cotidiana podemos parecer perfectamente reconciliados; no así en la lucha por el poder simbólico respecto de lo ocurrido. José Joaquín Brunner es de los que han captado bien la diferencia[1]. El progreso en el primero de esos dos planos es fácil de constatar,  y cada uno lo puede hacer a nivel personal. Diez años atrás dudo de que yo mismo hubiese considerado un agrado tomar un café con Vidal. Entonces, y no hace mucho, consideraba el 11 de septiembre como una fecha a celebrar. A quien, en tanto, me preguntara por las violaciones a los derechos humanos, le respondía que desde luego no las justificaba. Eso era todo. La verdad es que me había demorado, como tantos otros, en creer siquiera en su existencia. Recuerdo con claridad un día en 1993 –son veinte años atrás- en el que junto a un amigo estaba dedicado a arrancar propaganda política de izquierda en el centro de mi ciudad, Quilpué, cuando se nos acercó un hombre mayor a interpelarnos, a explicar por qué le parecía tan grave la historia reciente de Chile y por qué lo entristecía tanto ver a jóvenes como nosotros que continuaban, aunque fuese en una escala tan menor, con el desprecio hacia la contraparte. Se fue y yo me reí de lo que nos había dicho. Pero mi amigo no se rió. Me dijo que era cierto lo de los “abusos”, la palabra que se usaba por entonces.

 

Por supuesto había escuchado que algo así había tenido lugar. En el colegio habíamos tenido que leer el recién publicado Informe Rettig. Si uno seguía siendo ignorante respecto de los hechos ahí descritos, era una ignorancia voluntaria. Todos tenemos, en efecto, cómo protegernos de las cosas que escuchamos. Uno puede sospechar del interlocutor, puede imputarle intenciones, manipulación, doble moral, y un largo etcétera, para protegernos de procesar cosas que nos pondrían en aprietos, que volverían menos blanco lo que uno en un momento dado percibe como su bando. Enfrentado con el Informe Rettig, por ejemplo, yo me concentré en leer las historias de militares y carabineros asesinados por el terrorismo de izquierda –una parte real de la historia, pero precisamente la parte que me reafirmaba en mis convicciones en lugar de confrontarme.  Pero no podemos protegernos del mismo modo cuando nos habla un amigo de cuyas intenciones no dudamos. Si recibimos su palabra, de la que no nos podemos proteger con la misma facilidad, algo va a empezar a cambiar en nosotros, aunque a veces sea muy lentamente.

 

Pero al recordar esto subrayo la importancia de que mi generación todavía pudiera tener la experiencia de un reconocimiento gradual de lo ocurrido. Las generaciones que siguen crecen expuestas desde un comienzo a una dosis enorme de información; eso tiene para ellos sus ventajas, pero nuestra generación es la última que puede entender, por su propio proceso gradual, que en la generación precedente, la que vivió el gobierno militar entero, hubiese grados tan variados de conocimiento –a la generación que nos sigue, que dispone de todo de golpe, esa sugerencia tiende a sonarle más difícil de creer, y el matiz le puede así costar más.

 

¿Pero cuán radical tiene que ser el cambio de cada uno producto de ese reconocimiento? ¿Será incompleto ese cambio hasta que cada uno no adopte sobre la historia reciente de nuestro país una visión cercana a la izquierda? Creo que lo significativo no es la dirección del relato dentro de una polaridad de izquierda y derecha, sino en gran medida el cómo contarlo, cuánta complejidad admitir, cómo buscar entender sin exculpar, cómo dar con la precisión debida en la asignación de responsabilidades (no concentrar todo en un Mamo Contreras como chivo expiatorio, ni tampoco diluir todo en responsabilidades colectivas). Pero la mayoría partimos sin lugar para mucha complejidad en nuestra visión de las cosas. Es fácil que nos resulte muy transparente quiénes son los buenos y quiénes los malos en una historia dada, y en eso nuestro semiconsciente trasfondo desempeña naturalmente un significativo papel. Mi abuela materna con sus padres tuvieron que huir de Estonia a Suecia tras la anexión soviética. Un tío suyo, su vecino y pastor como mi bisabuelo, no alcanzó a huir. Por lo que sabemos, terminó sus días en Siberia. Pocos años después de eso, mis abuelos paternos tuvieron que dejar el Tibet, donde eran misioneros, por la anexión China. Supongo que eventos como éstos proveían para mí –aunque fuese de modo muy inconsciente, pues no eran materia de conversación frecuente- el trasfondo para pensar sobre el presente chileno: si había un bando malo podía intuir cuál era, y a través de ese filtro mirar la realidad.

 

Este tipo de recuerdos personales no deben servir para exculpar los propios momentos de ceguera, en que no hemos hecho esfuerzo por entender el dolor del otro lado; pero pueden tal vez ayudar a alguien a recordar en qué contexto se dio todo, que no es solo un contexto local, ni siquiera continental, sino mundial. Hasta los seres más insignificantes estamos a veces arraigados de un modo considerable en las grandes disputas ideológicas del siglo XX. Y no hay que tener miedo a lo que ocurre cuando introducimos una referencia al contexto en la reflexión sobre este periodo, como si su mención tendiese por naturaleza a una justificación barata de todo lo ocurrido. A veces, de hecho, vuelve incluso más horrendos los crímenes cometidos. Otras veces, debemos recordar que hay un “contexto del contexto”: el golpe militar tuvo lugar en un país en el que la izquierda había declarado en sucesivos congresos la legitimidad de la violencia como arma política; pero el contexto de esa siembra de odio es, al menos en parte, un país cuyas injusticias permiten que dicha siembra de odio sea efectiva. A eso se suma el mencionado contexto internacional. La pregunta no es simplemente si acaso los días previos al 11 nos acercábamos a una guerra civil, sino el lugar que ocupábamos en el contexto de Guerra Fría.

 

De más está decir que esto es relevante para pensar sobre la caída de la Unidad Popular. Ella no nos condujo al caos por sí sola, por un programa económico delirante, por la tentación (y práctica) de la violencia en sus propias filas, por la gradual destrucción de la legalidad, o por la meta misma que se expresa en la relación de admiración por regímenes como el cubano o el de Alemania oriental. Tienen razón quienes desde la izquierda nos recuerdan que algo más estuvo erosionando nuestra convivencia, y de un modo muy significativo. La duda es si ese “algo más”, esto es, los intentos externos por desestabilizar al régimen, debe explicarse como intervención “imperialista” que “conspira” desde el comienzo, o precisamente como manifestación de ese contexto internacional que tiene más de un lado. Después de todo, así como es innegable la presencia (al menos con dinero) de Estados Unidos en el conflicto, es innegable que éramos una parte del tablero de ajedrez planetario en el que también la Unión Soviética movía importantes piezas: si bien con un presupuesto menor al norteamericano, también ella y otros miembros de su bloque estaban presentes entre nosotros. Para la elección de 1970, incluso son comparables los montos destinados por la CIA y la KGB a influenciar el resultado[2].

 

Con una política mundial estructurada en bloques es tanto más fácil que cada uno de nosotros partícipe de esa universal tentación humana que es pensar en bloques, creyendo que cualquier matiz o concesión constituye una fractura del bloque al que pertenecemos. Es en ese conglomerado de contextos que tiene lugar el 11 y el gobierno militar, realidades sobre las que ya no estamos condenados a pensar en bloque. La pregunta del 11 no es, entonces, solo respecto del quiebre en el que se encontraba nuestra convivencia democrática. La pregunta es respecto de dónde el país quedaría en el tablero de la política mundial. Hay que sentir el peso de esa pregunta: no hay país que haya entrado en la órbita soviética y luego haya podido salir de ahí; los escasos intentos que hubo –Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968- fueron aplastados de modo implacable.

 

La motivación humana siempre es múltiple, y también el apoyo al golpe es algo que, por tanto, puede ser retrotraído a múltiples motivaciones, entre las que se encuentra la defensa del propio interés. Pero entre las motivaciones existía también el horizonte de preocupaciones que acabo de reseñar. ¿Temor? Efectivamente, pero quien tiene alguna idea de los socialismos reales no va a burlarse de dicho temor, ni considerar necesariamente el golpe como la salida peor. Lo de la “vía chilena” al socialismo –“institucionalista”- tiene después de todo mucho de verdadero –resquicios legales antes que quebrantamiento abierto de la ley-, pero apenas podía resultar tranquilizante en un contexto en el que la dirigencia socialista relativizaba la distinción entre medios violentos y medios pacíficos[3].

 

¿Significa eso que el golpe era inevitable? Ciertamente debiéramos cuidarnos de hablar de “inevitabilidad” en sentido estricto cuando de asuntos humanos se trata. Además, al reconocernos como piezas en el ajedrez mundial debemos cuidarnos de no perder la percepción de cuánto pende de nuestros propios pequeños actos. Con todo, nuestra situación se pareció mucho al modo en que en las tragedias griegas todos avanzan paso a paso hacia un desenlace que en lo hondo nadie quiere, sin querer tampoco lo que lo puede evitar. De esa inevitabilidad sí hubo. El destape de imágenes a los cuarenta años del golpe contribuye a fortalecer la felicitación recíproca por el hecho de que todos condenamos hoy las violaciones a los derechos humanos; contribuye a la circulación de frases engañosas, como la del actual presidente afirmando que hoy con seguridad todos actuaríamos mejor; no contribuye, en cambio, en nada a esclarecer por qué vía no militar se podía en último término enfrentar a un gobierno orientado a la meta de la revolución marxista. En un sentido algo más débil del término, puede, pues, no ser descabellado hablar de algo así como inevitabilidad: tal vez a mediados de agosto era evitable el golpe; no es muy probable que la primera semana de septiembre aún lo fuera. Es materia para los historiadores el deliberar sobre cuánto de responsabilidad cabe por dicha inevitabilidad a las figuras más intransigentes de cada lado, y cuánta a la Democracia Cristiana por no haber cumplido con el papel mediador que sólo ella podía cumplir; pero en cualquier caso es terrible la responsabilidad de quienes en ese breve lapso de tiempo aún podían hacer algo y no lo hicieron. Las palabras de Radomiro Tomic, el ex candidato presidencial de la DC, unas semanas antes del golpe, son elocuentes: “Sería injusto negar que la responsabilidad de algunos es mayor que la de otros, pero unos más y otros menos, entre todos estamos empujando a la democracia chilena al matadero”.

 

Pero sea esto como fuere, el hecho es que lo anterior vale a lo sumo para el 11. Un par de decenas de personas murieron en combate ese día. Desde el día siguiente y hasta fines del 73, la cifra llegó casi a dos mil, sin contar siquiera la de torturados; pero el escenario predominante ya no era el de combate, sino el de un país en gran medida controlado ya por las fuerzas armadas. ¿Qué puede decirse ante eso? Algunos dirán que no era menospreciable la cantidad de personas dispuestas a acudir a las armas; se puede también decir que aunque dicha cifra sea menor que la publicitada por el régimen militar, la retórica incendiaria de los dispuestos a poner el país en llamas produce una respuesta equivalente de parte de quienes efectivamente tienen los medios para hacerlo. Puede introducirse así los matices que se quiera, y está bien hacerlo; pero se llegará, y pronto, a cosas ante las que no hay matiz. ¿Qué matiz introducir a las historias de niños torturados? Y una vez que un corazón se abre a historias como ésas, ¿se mantendrá acaso cerrado al dolor de los adultos tratados como cosas, al dolor de los seres queridos y de los compañeros de ideario de los así tratados?

 

Son infinitas las preguntas que se siguen de ahí, preguntas sobre el recto actuar en las décadas posteriores respecto de víctimas y victimarios, y respecto del lugar de todo esto en el legado del régimen militar. Se abre también la pregunta respecto de la posibilidad de distinguir siquiera entre el 11 y lo que le sigue. Es cierto que una vez que los militares acceden al poder, rara vez son los medios políticos convencionales los que van a primar; para muchos, en consecuencia, la idea de que se pueda distinguir el golpe de lo que le sigue es una vana sutileza. Sin embargo, es cuando negamos la posibilidad de hacer esa distinción que estamos exculpando las atrocidades del 12 en adelante. La distinción parece, pues, necesaria. Pero incluso al hacerla, el resultado no parece ser que pueda celebrarse el 11 y lamentarse lo que le sigue; si el 11 resulta justificado, sigue siendo un capítulo de una tragedia, una que todavía no sabemos bien cómo contar. En la historia hay héroes y villanos, pero no todo evento puede ser reducido a un hecho que celebrar o un hecho que lamentar; a veces simplemente hay secuencias trágicas, y dentro de ellas personas que actúan mejor que otras.

 

¿Significa lo anterior que podemos tener una voz común respecto del 12 en adelante, aunque estemos condenados a lecturas rivales del 11? En alguna medida, pero importa mucho el modo en que eso se entienda. Porque puede significar que nos sumamos en la condena moral, pero nos separamos en el esfuerzo por comprensión histórica. Parece la solución más diplomática y a ella tendemos todos con facilidad; pero tiene que ser resistida si nuestros “nunca más” son genuinos. Sin embargo, unirse en la comprensión histórica no implica la producción de un relato homogéneo, sino unirse en el esfuerzo por comprensión. Significa la disposición a oír y procurar entender a los que de buena fe adhirieron a alguno de los relatos que dominaron nuestra vida en la segunda mitad del siglo XX, adherentes que en muchos casos pueden ser distinguidos no sólo de las víctimas y victimarios, sino también de los llamados “cómplices pasivos” (que existieron, lo que no significa que sea una expresión adecuada para designar a todos los civiles y militares que participaron del régimen). Estoy convencido de que en todo esto los cristianos tenemos un deber de ejercitar juicios diferenciados en lugar de juicios en bloque; lo que acabo de intentar es un precario ejercicio en esa dirección. Si no somos capaces de cultivar juicios diferenciados sobre el pasado, tampoco seremos capaces de demostrar mucho discernimiento preciso en nuestro trato con problemas presentes. Pero el juicio diferenciado es distinto de ampararse en la indefinición; el matiz es capaz de convivir con condenas irrestrictas.

 

Que hemos carecido de juicios equilibrados es fácil de constatar por el tipo de inquietudes que entre los evangélicos predomina en la evaluación sobre este periodo. Los evangélicos cercanos a la derecha, por ejemplo, han tendido a concentrarse en el carácter ateo del marxismo, así como en el resultado de su política económica. Tales énfasis, aislados de cualquier otro tipo de consideración, muestran que no se piensa en el marxismo como una filosofía política, con todo lo que eso implica en términos de visión del hombre y de la historia. Hacerlo implicaría un juicio tal vez más severo aún sobre el mismo, pero al mismo tiempo sería un juicio distinto del anticomunismo de caricatura (ese que a destajo caracterizaba como marxista la defensa a las víctimas de la dictadura); implicaría un juicio capaz de comprender y apropiarse de cosas valiosas. Además, al no intentar comprender al marxismo en ese nivel, tampoco se comprende las corrientes rivales como filosofías políticas, y se es incapaz entonces de evaluarlas a ellas de un modo responsable (aumenta, en otras palabras, la inclinación a asumir la compatibilidad entre el cristianismo y las mismas).

 

Pero me interesa aquí no solo que las reflexiones precedentes sean compatibles con el cristianismo, sino incluir, aunque solo sea hacia el final, algunas observaciones sobre el cristianismo evangélico mismo y el papel que en esta historia desempeñó. De más está decir que entre las iglesias evangélicas hubo de todo: indiferencia, resistencia, auxilio a perseguidos, afinidad silenciosa con el régimen militar, declaraciones de adhesión al mismo (y todas estas cosas en distintos grados, con variado conocimiento de causa y por diversas razones). Retrospectivamente son las declaraciones de adhesión, como la declaración “Posición evangélica” de 1975, las que cobran especial relevancia por la identificación que sugieren entre el cristianismo y el régimen (la llegada del mismo es calificada como respuesta a la oración y Romanos 13 es el único texto bíblico al que se acude). Para la mirada retrospectiva textos como ése resultan difíciles de entender. ¿Pero es tan sorprendente? ¿Revela algo especial sobre la relación con una dictadura, o revela un patrón más general de relación con la vida pública? Mi impresión personal es que, al menos en nuestro contexto, la relación del mundo evangélico con la esfera pública oscila siempre –y no más acentuadamente en ese periodo- entre la indiferencia, por una parte, y este tipo de irrestrictas adhesiones a tal o cual grupo por otra (y en esto último la “posición evangélica” tiene elocuentes contrapartes ideológicas). Más que la existencia de un evangelicalismo filofacista, es esta bipolaridad la que aquí me parece salir a la luz.

 

Mucho se escribe en circunstancias como ésta sobre la falta de una voz profética de la iglesia. Como en muchas otras cosas, creo que el lamento por la falta de voz profética debiera complementarse con un lamento por la falta de una voz sapiencial. Tal voz habría sido particularmente pertinente durante los años de la vuelta a la democracia, y ello respecto de diversos temas. Piénsese, por ejemplo, en el cultivo de la memoria y en el adecuado tratamiento de la condición de víctimas. Como fe histórica el cristianismo tiene mucho que decir respecto del adecuado lugar del recuerdo; una voz sabia podría haber ayudado a guardarnos tanto del abuso de la memoria como de los intentos por borrarla y ciegamente seguir adelante. El cristianismo concede también que en la historia hay genuinas víctimas, que en medio de la corrupción general de la humanidad corresponde tratar a algunos como más específicamente oprimidos; no da pie, en cambio, al victimismo, al intento por construir nuestra identidad desde una autoimagen reducida a la condición de perseguido (autoimagen que está lejos de ser hoy algo exclusivo de la izquierda). Haber tocado con sabiduría estos temas en relación con nuestros últimos cuarenta años nos habría preparado para hablar sobre el presente con equilibrio, presente en que tanto el victimismo como el desconocimiento de las genuinas víctimas sigue siendo, aunque en otras materias, un agudo problema.

 

Lo mismo cabe decir respecto de la falta de una voz sapiencial en el proceso de reconciliación. Porque es cierto que en muchos casos se puede apreciar que las iglesias son sitio privilegiado para la vida reconciliada; pero no han sido una voz que oriente respecto de cómo la sociedad en su conjunto debería pensar sobre la reconciliación. ¿Debieran acaso las iglesias solo hablar al respecto a sus miembros y solo esperar perdón entre quienes ya son cristianos? ¿O no sería más correcto afirmar que el perdón es un fenómeno humano universal, pero del cual hay variadas concepciones? Al respecto hay algunas cosas dignas de notar en el reciente libro Las Voces de la Reconciliación. Pienso en el hecho de que conciudadanos no creyentes como José Joaquín Brunner insistentemente mencionen “la inescapable connotación religiosa” de la reconciliación[4]. De ser así, como creo que es, apenas se puede dimensionar cuán relevante es dar descripciones nítidas de cómo el cristianismo entiende la reconciliación, y de un modo que sea (o que pueda ser) públicamente relevante. Que en contraste con eso se participe, y como si fuera gran cosa, de la trivialización del perdón mediante generalidades de buena crianza, solo sugiere que –contra lo que insinuaba mi título- tal vez no todo cambia… La falla en este tipo de tareas tiene consecuencias lamentables. A una generación más joven, que repentinamente abre los ojos a las tragedias de su país y al pobre rol de parte de la iglesia durante ese tiempo, se le presentan alternativas no muy atractivas. Detengámonos en eso para terminar.

 

Las comparaciones entre las dictaduras latinoamericanas y los regímenes totalitarios europeos, en particular el nazismo, suelen dejar mucho que desear. Pero la variopinta reacción de las iglesias ante el nacionalsocialismo, y su toma de conciencia en la postguerra, presentan algunos paralelos con nuestra situación. También ahí hubo un mirar hacia atrás evaluando las falencias del pasado, de un modo que significativamente rearticuló el testimonio cristiano. Por decirlo de otro modo, la iglesia luterana de 1946 en Alemania no pretendió ser una vuelta a la iglesia luterana de 1932, sino un genuino nuevo comienzo. El mirar hacia atrás y ver una labor no realizada deja naturalmente en desconcierto respecto de qué hacer, respecto de lo que cabe rescatar de ese pasado.

 

Pero esa actitud de cuestionamiento puede decantar en direcciones muy distintas. Tal como tras la Segunda Guerra Mundial, los cristianos de nuestro contexto local pueden empezar a mirar el conjunto de su pasado cristiano como una tendencia autoritaria que desemboca en el apoyo a las dictaduras. Quienes ven las cosas así, con facilidad creerán que un “nunca más” suficientemente rotundo implica un cristianismo definido únicamente por cierto discurso antiautoritario; sea de postguerra o de postdictadura, la iglesia cristiana corre así el serio riesgo de volverse nada más que el departamento religioso de la izquierda cultural, aunque en ese proceso introduzca algunos énfasis muy necesarios. Es posible también la posición opuesta: aunque no siempre será abiertamente reaccionaria, consiste en un desentenderse y a lo sumo participar de alguna petición de perdón colectivo, mientras que de modo paralelo se perpetúa en otras materias un discurso polarizado. Este escenario permite que cierta mentalidad de guerra fría se perpetúe no solo en los partidos, sino dentro de las iglesias – aunque no sea para enfrentar los temas del pasado, sino los desafíos del presente. Ésa no es la mentalidad más apta para ejercitar el discernimiento ante temas complejos, como son los que enfrentamos.

 

Pero existe también la posibilidad de un cristianismo atento a esos errores simétricos, uno dispuesto a la autocrítica honda, pero no por eso menos abierto al matiz. Si en las otras dos alternativas cabe decir que la posición política (incluso cuando no es percibida como tal) tiende a configurar la propia posición teológica, aquí cabría desear una robusta visión teológica capaz de reordenar nuestra visión política. ¿Pero podemos embarcarnos esperanzadamente en tarea semejante? Tal vez, pero tales procesos son al menos tan lentos como nuestros procesos de cambio personales.



[1] José Joaquín Brunner, “La reconciliación como objeto de disputa” en Las Voces de la Reconciliación Instituto de Estudios de la Sociedad, Santiago de Chile, 2013.

[2] Véase Christopher Andrew, The World Was Going Our Way: The KGB and the Battle for the Third World Basic Books, Nueva York, 2006. pág. 71.

[3] Para una visión de conjunto véase Joaquín Fermandois, La revolución inconclusa. La izquierda chilena y el gobierno de la Unidad Popular CEP, Santiago de Chile, 2013.

[4] José Joaquín Brunner, “La reconciliación como objeto de disputa” pág. 166.

 

 

De “40 años – Voces evangélicas sub 40” lee también:

 

Luis Aranguiz, Helmut Frenz, entre el mito y el hombre

Matías Maldonado, Evangélicos en la dictadura militar chilena

Cristóbal Cerón, Nueve compromisos para promover la reconciliación en Chile

Luis Pino Moyano, 40 años. Buscando respuestas en el evangelio

Cristián Morán y Pablo Sánchez, El sueño de ex-Presidente Allende

Jonathan Muñoz, Una paz mal entendida

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