Estudios Evangélicos

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¿Por qué deberíamos los cristianos occidentales leer al Patriarca de Moscú?

Uno de los elementos fundamentales que ha forjado a la cultura occidental y, por extensión, a la cultura latinoamericana, es el conflicto entre la Iglesia y el Estado, el cristianismo y la cultura y, por ello también, la fe y la política. Pensadores tan ilustres del medievo como Marsilio de Padua y Tomás de Aquino, reformadores de la talla de Martín Lutero y Juan Calvino y, más cercanamente, figuras imborrables como el mártir luterano alemán Dietrich Bonhoeffer, el primer ministro calvinista holandés Abraham Kuyper, el filósofo católico francés Jacques Maritain, el pastor bautista estadounidense Martin Luther King, por nombrar solo a algunos más conocidos, han contribuido a enriquecer un debate tan complejo como milenario durante el siglo XX. Todos ellos remiten a países e iglesias que pueden ser reconocidas fácilmente por una persona formada en occidente.

Sin embargo, la cultura rusa no nos es del mismo modo cercana a los occidentales, como tampoco en general es cercana la tradición de la iglesia ortodoxa. De aquí que tampoco nos sean familiares pensadores rusos que escapen a la órbita de los grandes clásicos literarios, y que nos relacionemos con cierta dificultad con una iglesia como la ortodoxa que, en países como Chile, a veces ha sido simplemente vista por algunos como una variante del catolicismo -romano, desde luego-.

Así las cosas, ¿qué sentido puede tener que los cristianos de Occidente lean al Patriarca de una iglesia que se encuentra tan lejos, y cuya influencia no puede ser sino muy limitada en países en los que ni siquiera hay una gran comunidad ortodoxa en general y ortodoxa rusa en particular?

La tradición teológica de la Iglesia Ortodoxa, al igual que en Occidente, consta de etapas históricas y también de un desarrollo singular que ha tenido lugar en distintos países. Esto significa que la ortodoxia, a diferencia de lo que a veces suele ser un muy precario prejuicio, no se ha centrado exclusivamente en lo que en Occidente llamamos reductivamente “espiritualidad”. Dicha Iglesia posee una rica tradición que se ha forjado en las más diversas complejidades contextuales y, por supuesto, eso implica que también ha tenido que reflexionar sobre la vida cultural, pública y política. Cierto es, y no faltan los autores que se esfuerzan en notarlo, que la ortodoxia oriental no se forjó a la luz de procesos como la Reforma Protestante, el Renacimiento, la Ilustración y, en fin, toda la serie de cambios que tuvieron lugar en Occidente. Y es precisamente por ello que los occidentales debiésemos informarnos sobre la ortodoxia en general. Así conoceríamos casos de figuras descollantes como Makarios III, quien fue arzobispo de la iglesia ortodoxa en Chipre y primer presidente de ese país cuando se constituyó como República.

Ahora bien, la importancia de leer al Patriarca Kirill en particular reside en que, por una parte, se constituye una suerte de acceso para que los cristianos occidentales puedan comprender cómo hoy, en el siglo XXI, el ámbito político es visto desde un punto de vista ortodoxo. Si bien pende sobre los rusos cierta acusación de que siempre luchan por distinguirse de Europa Occidental y sus vástagos, no debe olvidarse que efectivamente Rusia tiene un carácter distintivo. Por otra parte, también es importante porque nos arroja una visión exterior que confronta la autopercepción que los cristianos occidentales tenemos de nuestro desarrollo cultural y eclesiástico.

I. La pretensión de los valores morales liberales

En una afirmación que no deja lugar a dudas, el Patriarca ha sostenido que “en el mundo de hoy, las Iglesias Católica y Ortodoxa son aliadas naturales -y, al parecer, las únicas- en la dura lucha entre los representantes del liberalismo secular infectado con el bacilo de la autodestrucción, y los portadores de la idea prospectiva de la salvación humana” [I]. Tres ideas quedan bastante claras aquí. Primero, que el liberalismo en su variante secular es autodestructivo; segundo, que a él se opone una cierta noción de la salvación humana; y, por último, que hay solo dos aliadas que pueden defender la segunda idea ante la primera, y esas son la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa.

En lo que toca al ataque contra el liberalismo, el Patriarca se suma a una serie de críticos cristianos que han venido oponiéndose a dicha filosofía primero, e ideología después, desde hace algunos siglos. Baste recordar la dura oposición por parte del católico español Juan Donoso Cortés en el siglo XIX, del ruso ortodoxo Nikolai Berdaiev en el siglo XX y de tantos más que han desfilado a lo largo de los años. En general, los aspectos de denuncia refieren a las consecuencias negativas que puede tener la incorporación de una lógica individualista en los distintos ámbitos de la vida de una sociedad. En tal sentido, el Patriarca no es esencialmente novedoso. Se ajusta a una profusa narrativa cristiana que, sobre todo desde el siglo XIX, ha sido enfática en denunciar que el liberalismo descendiente de la Ilustración es un enemigo de la iglesia pero, sobre todo, de la fe.

Con todo, la crítica del Patriarca no es dirigida al liberalismo como doctrina económica principalmente, sino a su forma ideológica. En este sentido, el ataque se dirige usualmente al “liberalismo secular”, es decir, a los “valores morales liberales”. En sus palabras, hay un “monopolio de un solo estándar civilizacional que está intentando enseñarles a millones de personas a vivir según las reglas de otro” [II]. En esta línea, lo que el Patriarca denuncia concretamente es la aplicación de los Derechos Humanos, para él fundamentados en el liberalismo secular occidental, a culturas que no hallan en ellos un reflejo adecuado. No solo eso, el Patriarca entiende que esos valores de pretensión universal propugnados por occidente son, de hecho, consecuencia de un desarrollo cultural particular de esa región: “lo que hoy se entiende por valores humanos comunes son, de hecho, los valores de la Ilustración” [III].

Esta crítica al universalismo de los derechos humanos reafirma así el valor de las identidades locales y regionales. Aunque podría acusarse al Patriarca de querer presentar a Rusia como una cultura homogénea -como algunos ciertamente han hecho-, lo que interesa no es tanto esa autoimagen sino más bien el hecho de que el orden global liberal tiende efectivamente a una deculturación que no solo se deja sentir en Rusia, sino en todas aquellas latitudes que no han recorrido la senda de Europa Occidental y Estados Unidos en su historia local.

II. El imperialismo ideológico

El Patriarca irá más lejos y entrará a cuestionar el orden geopolítico establecido por lo que él llama “imperialismo ideológico” del liberalismo. En su visión, el terrorismo contemporáneo “no es un conflicto interreligioso; no es una guerra entre cristianos y musulmanes, es un conflicto entre el nuevo orden mundial basado en los valores liberales seculares y aquellos que, explotando valores religiosos y tradicionales, buscan imponer su propio orden mundial” [IV]. Por lo anterior, apuesta por un orden global multipolar en el que se reconozca la diversidad y autonomía de las unidades culturales -o civilizacionales, como diría Huntington-.

Los Derechos Humanos en la versión liberal secular, promovidos por el imperialismo ideológico contemporáneo, requieren en su perspectiva, ser suplementados con los sistemas culturales y valóricos de las distintas tradiciones que componen el orbe y que son representativas de las grandes poblaciones. Así, por ejemplo, en el caso de Rusia, considerando su independencia cultural y su tradición ortodoxa, piensa el Patriarca que es necesario añadir una dimensión propiamente arraigada en la moral cristiana, puesto que “los derechos humanos (…) son instrumentos que debiesen servir a la meta más alta de la perfección moral de la persona” [V].

Esta visión de los DDHH no ha estado exenta de críticas, pero refleja un esfuerzo por preservar aquello de la formulación liberal de los DDHH que puede ser útil para una complementación con la perspectiva particular de la cultura ortodoxa rusa. Desde luego, este ejercicio podrían hacerlo muchas otras tradiciones culturales y religiosas. La aspiración de Kirill es que, sobre la base del diálogo y el respeto a la diferencia, puedan formularse normas realmente generales que no pasen a llevar las particularidades locales como sí ocurriría con la imposición de una perspectiva ilustrada con pretensiones universalistas.

III. ¿Puede haber protestantes en la alianza?

Ahora bien, una de las preguntas que un evangélico o protestante podría formularse con toda razón, es por qué el Patriarca considera como aliada solo a la Iglesia Romana y no a las diversas iglesias protestantes. La razón de esta exclusión obedece, en sus palabras, a que “el protestantismo es en esencia una lectura liberal del cristianismo” [VI]. Es evidente que esta afirmación parece un trazo de brocha gorda que ignora mucho del protestantismo. Podría objetarse que dentro de la tradición protestante siempre ha existido una cierta ortodoxia que se afirma en la tradición cristiana. Sin embargo, para Kirill esta declaración tan rotunda se afirma sobre el hecho de que, al rechazar la Reforma la autoridad absoluta de la Iglesia respecto a la interpretación de las Sagradas Escrituras, “la consecuencia inevitable de esto es primero relativismo doctrinal y luego moral” [VII].

El Patriarca observa que con la Iglesia Romana resulta menos gravoso establecer relaciones porque comparten el respeto por la tradición, lo cual permite encontrar puntos comunes. Esto no ocurre con las iglesias protestantes. Es más, el Patriarca reconoce que el hecho de que ciertas iglesias acepten el sacerdocio femenino y el matrimonio homosexual, es señal de una capitulación de dichas denominaciones a la cultura liberal. Esto, en su perspectiva, es consecuencia de la aplicación de la idea de la libre interpretación de las Escrituras, fuera de toda orientación magisterial, y es por ello que concluye que “una porción del protestantismo ha resuelto el problema en favor de los derechos humanos, ignorando la clara norma de la tradición” [VIII].

Por supuesto, cualquiera que conozca la diversidad del mundo protestante y evangélico, sabe que hay diferencias abismantes respecto a la adopción de perspectivas liberales tanto en lo teológico como en lo cultural e ideológico. En efecto, hay grupos conservadores que se aferran a una interpretación de las Escrituras orientada por las diversas ortodoxias protestantes; pero también hay grupos que se aferran a un literalismo fundamentalista que acaba por negar, al igual que el liberalismo subjetivista, el valor de la tradición. Curiosamente, dos grupos tan distintos en su toma de posición frente a temas controversiales, coinciden en reflexionar fuera de los márgenes de la tradición cristiana preservada por la iglesia ortodoxa y por la escindida iglesia romana. Por lo anterior, es razonable que el Patriarca tome distancia de un sector del mundo protestante. Ciertamente, ni el liberal ni el fundamentalista podrían llegar a una buena alianza con católicos y ortodoxos. Pero si de lo que se trata es no de resolver viejos conflictos, sino de buscar alternativas a un modelo ideológico hegemónico, entonces tal vez los grupos protestantes conscientes del valor que merece la milenaria tradición cristiana y que se afirman sobre ella, pese a sus diferencias con otras iglesias, podrían sumarse a la alianza que propone Kirill.

IV. El futuro del cristianismo global

El Patriarca Kirill es un líder que ha demostrado que la teología no se remite únicamente a las cuestiones sagradas. También toca las profanas. Si bien su comprensión del orden liberal puede ser cuestionada ya sea por la pretensión de una cierta particularidad cultural rusa, ya sea por pretender que Rusia es una unidad cultural homogénea, ya sea por la relación que se ha gestado entre la Iglesia y el gobierno ruso; de todos modos, en términos generales su reflexión no deja de ser atingente para pensar en el problema de la autonomía cultural. A partir de las ideas del Patriarca, se puede profundizar respecto a cómo la hegemonía ideológica liberal global está en conflicto no solo con los cristianos apegados a la tradición, sino con todas aquellas culturas que no se reconocen en estos valores ilustrados que, aunque cargados con pretensiones universalistas, son valores locales inconfesos. En tal sentido, sería provechoso que los propios protestantes conscientes de los cambios históricos a escala global, desarrollen también una comprensión acabada del orden liberal y de su forma de lidiar con él.

Notas

[I] of Moscow, Kirill. (2011). Freedom and Responsibility. London: Darton, Longman and Todd. p. 57
[II] Idem., p. 73
[III] Idem., p. 56
[IV] Idem., p. 37
[V] Idem., p. 84
[VI] Idem., p. 6
[VII] Idem., p. 55
[VIII] Idem., p. 7